Codicia

Antonio-Balsalobre-cronicas-siyasaParece que la Justicia, aún lenta y renqueante, funciona. Tan manifiestos y graves son algunos quebrantamientos de la Ley que los intentos por silenciarla resultan estériles. Aunque nuestro código penal fue concebido para el robagallinas (presidente del Supremo dixit), los jueces y tribunales disponen de algunas herramientas con las que reprender los nauseabundos delitos de cuello blanco. De un tiempo a esta parte, nuestros reclusos comunes no dan crédito a las incesantes visitas de presos distinguidos. El delito siempre me ha suscitado tristeza y la respuesta punitiva la he percibido como un mal necesario. Solíamos pensar que la mayor parte de las infracciones criminales tenían su origen en las drogas, la marginalidad, los trastornos mentales, la indigencia y en la maldad. Es verdad pero no es toda la verdad.

Desde el origen de los tiempos, los actos penalmente reprobables de los poderosos gozaban de impunidad. No se llegaban a conocer o, de conocerse, dormían en el cajón hasta el fin de los tiempos.

Algo o mucho ha cambiado, y para bien. Los medios de comunicación y las redes sociales tienen mucho que ver en ello, lo que acredita que la información es un  auténtico contrapoder.

Jamás justificaré el delito mas puedo entender que, tras de muchos actos ilícitos, se esconden antecedentes o situaciones que hacen de nexo de causalidad y que le imprimen al delito una cierta justificación.

Los llamados delitos de cuello blanco solo tienen una motivación: la codicia que, a menudo, termina por romper el saco. Hablamos de políticos, empresarios, profesionales liberales y demás gentes de bien que comparten, al menos, dos características: son personas formadas y no tienen ninguna necesidad objetiva para delinquir. Lo tienen todo y nada necesitan aunque todo se les antoja poco. Quieren más. Siempre más. Son yonquis del dinero y no se detendrán ante nada para seguir acumulando cuánto les sea posible. Los más realistas barajarán, como hipótesis, la eventualidad de pasar una temporada a la sombra. No importa. Suelen ser buenos chicos y, por buena conducta, pronto estarán libres. De la pasta nunca más se sabrá. Vivirán despojados del respeto ajeno pero les será indiferente pues tendrán lo único que les importa: dinero; mucho dinero. Si por mí fuera, mientras no devolviesen hasta el último céntimo de lo distraído, de la cárcel no salían.

Cuando veo al Sr. Zaplana, otrora poderoso, altivo y arrogante; hoy enfermo y cabizbajo, me pregunto qué pasará por su cabeza. ¿Desharía lo hecho?

El Sr. Urdangarín pronto entrará en prisión o habrá entrado cuando usted esté leyendo esta columna. Triste colofón de un proceso que, para alegría de muchos, ha socavado los cimientos de nuestra monarquía parlamentaria. Los tropecientos mil euros y prebendas que percibíais o disfrutábais ambos, por ser vuesas mercedes quienes érais,  ¿os parecían poco? ¿Acaso merecían más los señores? ¿Nadie les enseñó a discernir el bien del mal? Se me ocurre un término para todo esto: patético.

Discúlpenme los no nombrados. Son muchos y sobradamente conocidos. No quisiera molestar a nadie por obviar su nombre. Valgan para todos ellos estas reflexiones mías. Un recuerdo muy especial para los carteristas anónimos. En realidad, no es difícil ganar dinero. Lo es y mucho ganarlo de forma honrada mas hay otros atajos bien conocidos, con mejores resultados y con los que se envejece mejor. Bastará no pagar las deudas mientras se pone a buen racaudo lo propio; o aprovecharse de la necesidad ajena y adquirir por dos lo que vale diez; o engañar a diestra y siniestra mientras se amasa un pastizal. Muchos de éstos están en nosotros; se golpean el pecho cada domingo y fiesta de guardar; lavan su conciencia con alguna obrita de caridad y sienten verdadera aversión por los ladrones públicos. No porque censuren su actitud sino porque envidian no estar en tales situaciones de privilegio.

¿Saben qué pienso? Que nuestra sociedad está gravemente enferma. He dicho en multitud de ocasiones (y lo repetiré cuantas veces sean necesarias), que la verdadera revolución comienza por uno mismo. Frente a postulados satánicos y desaprensivos, solo un humanismo cristiano o una ética laica auténticas nos sacarán de este atolladero. Incierto que este artículo vea la luz y harto improbable que algún convicto ilustre lo lea. Mas, de hacerlo, le imagino riendo a boca llena. Sepa usted, señor ladrón, que maldita la gracia que nos hace su altanería. Aquí abajo hace frío y cuesta mucho coger calor. Tiempo ha que se nos acabó la risa. Ándense con cuidado.

 

Fdo. José Antonio Vergara Parra.

 

 

 

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