Diego J. García expone su punto de vista sobre la inmigración

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Inmigración

En esta ocasión voy a escribir sobre un tema personal, aunque al fin y a la postre, personales son todos. Anteriores artículos tenían relación con la política, sin embargo, hay que tener en cuenta que la política es todo, pues afecta al conjunto de los aspectos de nuestra vida; hoy día, todo está regulado, y estado, autonomías, diputaciones y ayuntamientos intervienen y fiscalizan hasta el último detalle, quizás en demasía.

Hace unos años, por motivos de trabajo, tuve que pasar en diferentes momentos semanas completas en Melilla. Allí conocimos a un adolescente que callejeaba al que le dábamos comida, tabaco y otras cosas que nos pedía, incluido algo de dinero. Mi compañero me decía que no le diera porque iba a estar siempre detrás de nosotros, pero se me hacía muy difícil no hacerlo. Era un chico argelino de la misma edad que tenía mi hijo por aquel entonces, 12 o 13 años; tenía una cara simpática, de ojos achinados cuando sonreía, pese a que lo hiciera con tristeza, reflejando además la sensación de haber vivido toda una vida a sus pocos años. Con el tiempo hicimos amistad y nos contó que era el menor de 8 hermanos y como su padre no podía mantenerlo lo echó a la calle. Me quedé de piedra cuando oí eso, si bien, por la naturalidad con lo que lo contaba debe ser norma en algunos sitios.

Han pasado unos 5 años y acabamos de firmar un nuevo proyecto en Melilla; cuando el otro día vi en el telediario como sacaban a unos chicos de las entrañas de un camión mientras intentaban entrar ilegalmente en España no pude evitar que me vinieran a la mente su recuerdo y emocionarme pensando que habrá sido de él. Su ilusión era venir a la península, y pensaba en como mi hijo ha empezado este año la universidad mientras él no habrá tenido las oportunidades que en esta privilegiada sociedad disfrutamos, y al mismo tiempo no apreciamos.

Ese es uno de los motivos por lo que no entiendo la postura contradictoria que tiene gran parte de la sociedad y partidos políticos respecto a la inmigración. A lo largo de la historia se han utilizado muchos métodos distintos para afrontar los movimientos migratorios, desde escabechamientos masivos, como el que efectuaron los romanos con casi un millón de cimbrios y teutones, quienes estuvieron desplazándose por el centro y sur de Europa durante años amenazando la mismísima Roma, hasta la política de puertas abiertas que practicaron países jóvenes como Estados Unidos, Australia o Argentina el siglo pasado. Eso sí, estos últimos permitían la entrada en el país sin restricciones, no obstante, los inmigrantes que se desplazaban a estos países tenían claro que solo podían contar con sus propios recursos, junto al apoyo que los compatriotas de origen estuvieran dispuestos a prestarle. Aun con dificultades tenían su oportunidad de prosperar.

En España, actualmente, ni tenemos una política de acogida sin restricciones, ni aplicamos la ley tal y como está articulada. La consecuencia es que las personas que logran entrar en España de forma ilegítima caen en un limbo jurídico del que cuesta escapar por lo que las oportunidades tienden a ser nulas. Al no tener regularizada su situación no tienen derecho a las prestaciones del sistema social que tanto ha costado construir, mas, al mismo tiempo, al no aplicar la ley para devolverlos a su lugar de origen, quedan presos de esos modernos campos de concentración en que se han convertido los CIE.

Hemos visto situaciones surrealistas como que la alcaldesa de la capital de nuestro país, la señora Carmena, anime a los inmigrantes a asaltar nuestra frontera, con los resultados que todos hemos visto, agentes de las fuerzas de seguridad atacados y heridos. Pero también, muchas de esas personas que buscan un futuro mejor fracasados en su intento, con la frustración que supone, heridos o detenidos, o, como hemos visto en la propia Melilla hace unos días, incluso muertos.

Esa es la gran hipocresía hacia este problema migratorio. Es frecuente escuchar a personas defendiendo este tipo de declaraciones como las de Carmena, sin llegar a calibrar que lo único que se consigue al alentar a estas personas es empujarlas hacia una especie de lotería de la muerte, debería remorderles la conciencia. Arriesgan sus vidas navegando en cáscaras de nuez con la esperanza de un futuro mejor. Sin embargo, con lo que se encuentran en muchos casos es con la muerte, en otros con el internamiento indefinido en pseudocárceles para terminar quizás en el punto de partida tras su expulsión dilapidado el dinero que cuesta pagar a las mafias por el trasporte, y los quien sabe si más afortunados vagando por las calles, suplicando por comida, ropa y alojamiento, lo mínimo para sobrevivir. La mayoría nunca tendrán acceso a un trabajo real en condiciones, ni a una vivienda, ni a la vida que tal vez se habían imaginado que tendrían en la próspera e idealizada Europa. Es profundamente hipócrita cerrar los ojos a la realidad que les aguarda: manteros utilizados por mafias, aparcacoches por una propinilla, abocados a la delincuencia y prostitución…

Está más que demostrado que la riqueza de este mundo no es cuestión de suma cero; en otras palabras, las ganancias de unos no son las pérdidas de otros. La riqueza y la calidad de vida está aumentando exponencialmente desde hace más de 50 años sacando a millones de personas de la pobreza extrema. Nuestro objetivo no tiene que ser impedir que vengan, sino ayudarles a mejorar la vida y la seguridad de sus países de origen para que puedan ser felices en sus hogares. La mayoría de las personas no quieren abandonar su lugar de nacimiento, o al menos no para siempre; y por supuesto no para ser los parias de sociedades que nos les aceptan.  Depende de nosotros, y el primer paso debe ser reconocer la situación injusta que generamos con nuestra indiferencia; de los partidos políticos actuales, poco se puede esperar, el cortoplacismo y la ambición les ciega.

 

 

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