El belén “napomurciano” del ciezano Higinio Morote

ENTREVISTA

El modista y creador nos abre las puertas de su hogar para mostrar su última creación

Miriam Salinas Guirao

Higinio Morote es un artista. Él no quiere llamarse así, pero yo se lo otorgo. Porque Higinio cultiva las bellas artes y, sin duda, está dotado de la habilidad necesaria para desarrollarlas, como establece la definición de la Real Academia Española.

Formado en Historia del Arte, Bellas Artes y Patronaje y aprendiz pletórico de todo lo que exprese la belleza. Higinio creó una modistería hace casi dos años, lo hizo en su tierra, en Cieza. “Lo que yo hago es distinto, no en lo que es, que al final es ropa, me refiero a la concepción. Estoy formado para diseñar, soy artesano en el trabajo que hago, pero creo que hay una concepción de creador: soy la persona que puede elaborar un atuendo para mujer desde el principio hasta el final, desde el boceto, al patrón, hasta la confección y estoy muy orgulloso de ser  modista”.

El modista7

Él es modista, sin artificios condicionados del sufijo: modista.  “Yo siempre me he definido como modista porque modisto es una aberración lingüística, porque el sufijo –isto no existe para describir profesiones. Estoy harto de tener que defender la palabra, es una norma que ha impuesto la sociedad menospreciando a la mujer y no me da la gana. Porque todo el mundo me llama modisto y me da una rabia para morirme. Estoy con una cruzada personal muy fuerte, me da rabia porque el modisto es un término aceptado, sí, pero la palabra tiene al final una connotación muy fea que empieza a surgir a mediados del siglo XX cuando la gente pensaba que eso de ir al modisto era casi visitar a Balenciaga, e ir a la modista era  ‘voy a la que me coge los bajos allí en mi barrio’. Luego hay mucha gente que se autodenomina modista, pero son costureras, o costureros. El termino modista es muy fuerte y no hay que tomarlo a la ligera. La moda tiene una jerarquía muy establecida”.

Sus referentes en moda van desde Lanvin hasta  Balenciaga, “el gran modista español de todos los tiempos”,  Charles Frederick Worth, “el que primero cogió un vestido y lo firmó como una obra de arte”, Antonio Cánovas del Castillo y del Rey, “un olvidado” y Flora Villarreal, “del Madrid de los 50”.

Su salón, decorado con gusto y detalle, acogedor y luminoso, reserva un espacio ínfimo, irrisorio, para el televisor. “Soy un tío inquieto que sufre mucho estrés: por mi trabajo como modista, y cuando llego por la noche, no puedo estar sin hacer nada, no veo la televisión, no sé estar como un esquizoide plantado enfrente de la pantalla. En una de esas noches surgió el belén.  Mi trabajo diario es muy minucioso y el barro te permite la libertad, el barro es soltura, no tienes que pensar, como si algo te guiara para hacerlo”. Higinio estaba leyendo un catálogo de una exposición del Prado donde venía una imagen de una natividad de un pintor italiano renacentista, y pensó: “No  tenemos belén”.  Así comenzó a configurarse el belén napomurciano”.

Las delicias escénicas del belén

De bruces, el belén es una escena deliciosa: figuras armónicas, belleza que rezuma. De cerca, decenas de detalles recrean una fórmula jugosa entre lo teológico y la expresión más evidente del arte.

Higinio diseñó los planos, los patrones, los atuendos, todo estaba muy pensado. “Yo soy creyente y este belén tiene una base muy teológica, quería representar la Epifanía, cuando llegan los Reyes Magos y se postran ante el Gran Poder de Dios naciendo de la manera más  humilde y le traen oro, que es el símbolo de la materialidad más mundana; el incienso, que es con lo que se adora; y la mirra, para ungir”.

La escena clásica del belén se ve reforzada de iconos y elementos teológicos que robustecen el mensaje bíblico. Higinio es devoto de la  divina pastora, “es una figura iconoclasta e iconográfica muy cercana, muy tierna, la corredentora que está guiando el ganado que no deja que la oveja se pierda”. Y no podía faltar. Acompañando a la Virgen, bajo su manto, va un corderito. “El borreguito, que acompaña a la Virgen, somos nosotros mismos, somos las personas debajo del manto de la redención de la Virgen, somos las personas que vamos a mirar, quiero que a gente que vea el belén se sienta como otro corderito”.

Si queremos entender el belén a la manera tradicional, no va a ocurrir en este. Se añaden los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael como elementos integrados en el nacimiento. Están personificados como los guerreros de Dios y tienen unos diseños de vestuario inspirados en  la ropa operística del XVIII. San Miguel está de rodillas justo delante del Gran Poder, del niño Jesús, “mientras su piececito, el del niño, se posa sobre la bola del mundo. Él es la representación de Dios Padre que baja a la Tierra pero a la vez ya ha cumplido, al encarnarse en humano. San Miguel siempre protege matando al diablo, de ahí la espada colgada, es un guerrero de Dios, y san Miguel está acompañando a la Divina Pastora, como ese perro guardián matando a lo que hace daño al rebaño”.

Los arcángeles y la fe

La estrella, no es el típico cuerpo luminoso, “es una representación de la luz de Dios que ha guiado a los poderes a ver a su hijo. Es la figura de la fe, la fe ciega, con los ojos vendados, toda revestida de oro, como una representación de Dios mismo, que guía a los Reyes Magos al portal, la fe que es ciega te abre el misterio de la encarnación, por eso el arcángel san Rafael, que es el protector, es el que está abriendo y señalando al niño y a la Virgen. San Gabriel es el anunciador siempre de la Virgen,  lo  que hace es coronarla pero ataviado con una casulla, una vestimenta eclesiástica litúrgica. San Miguel se postra y san Rafael enseña y protege. Bajo la fe hay una referencia a Zurbarán, esa nube que aparece bajo la Inmaculada”.

El marco es una escenografía de una ópera, una construcción arquitectónica renacentista que enlaza con la cultura del pesebre napolitano inspirado en una fachada del Palacio de Liria. Los Reyes Magos quieren evocar “cada continente conocido en el nacimiento y cada edad del hombre”. El rey Melchor representa a Europa. “Pensé en los Medici, con su gorgueras, los engageantes, las mangas infinitas, la capa, el jubón metálico de guerrero con las argollas, la capa que se mete dentro…  Pero no solo ellos, también, del Greco, y de Felipe II, tomé las referencias y las tamicé”. A Melchor lo rodea otro símbolo más: su ofrenda, como el amor primero, la componen los dedales originales de Higinio y Conchi, su oficiala.

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En segundo término Baltasar, que surgió mezclando toda África y además Turquía: “La base es una túnica turca del XIX pero con unos motivos étnicos que encontré en unos archivos textiles del Metropolitano de Nueva York y esos dibujos los realicé en el patrón, una seda salvaje pintada, el mismo tejido que vi en los archivos de túnicas ceremoniales dieciochescas africanas. Gaspar representa a Asia y mezclé los turbantes hindúes con las capas ceremoniales chinas y las bases de cuerpo japonesas. Tiene algo muy hindú que es la pluma en el turbante y la joya, le sigue una capelina de plumas que es un rasgo muy común de los emperadores chinos”.

San José es el más napolitano. Va de morado y amarillo con el cuello abierto con los botones y la camisa debajo. La Virgen “es una fantasía, un delirio de amor en Liria: el manto azul, como el cielo y lo terrenal expresado en el jacinto, con un manto de tafetán en azul noche, por aquello de la Noche Buena”.

La escena perpetua de la función antiquísima invade, como la belleza, la mirada. La tela que envuelve, burdeos, como un heredero del poder de los Austrias, cubre la obra de arte de Higinio Morote.

 

 

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