El recuerdo de Manuel Eloy Semitiel López a su madre

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La enfermedad de Alzheimer

Cada 66 segundos alguien en todo el mundo desarrolla el Alzheimer. Se estima que cerca de 500.000 nuevos casos en todo el mundo serán diagnosticados este año. La enfermedad de Alzheimer es una degeneración irreversible del cerebro que causa trastornos en la memoria, la cognición, la personalidad y otras funciones que eventualmente conducen al fallecimiento debido a un cese completo cerebral. Se cree que en todo el mundo hay unos 46,8 millones de personas que viven con la enfermedad y la cosa veo que va en aumento. Cerca de un millón de personas la padecen en España, siendo la segunda causa de mortalidad en nuestro país.

Corría el año 1.999 cuando la enfermedad de Alzheimer se hizo presente en mi casa. Fue la causa del fallecimiento de nuestra madre. Ante los síntomas, visitamos a un médico especialista en neurología casado con una ciezana que vive en Jumilla. Me refiero al Dr. José Joaquín Salamero, de reconocido prestigio que nos fue recomendado por mi amigo y médico José Salmerón. El resultado de aquella visita al Dr. Salamero fue la siguiente: «Sabéis a lo que os enfrentáis?», nos dijo en su consulta a mi hermana y a mí, “vuestra madre tiene Alzheimer”.

Nos enfrentamos a un reto grande, atender a nuestra madre y hacer que esos años últimos de su vida pasaran con calidad, buena atención en todos los aspectos, vigilancia médica y todo el tiempo que fuera menester por nuestra parte. La cosa no era para mi hermana solamente, era para los dos y así fue. No teníamos otra cosa mejor que hacer que cuidar a nuestra madre. Un día se empezó y otro se terminó, durante muchos años, las veinticuatro horas del día de los trescientos sesenta y cinco días de todos los años, con sus días, tardes y noches, los dos juntos mano a mano sin ningún libro de instrucciones. Cambiamos de casa, abandonamos la vivienda familiar que durante más de cuarenta años nos dio calor y nos fuimos a otra más acomodada para atender con calidad a nuestra madre. Los años pasaban con sus días buenos y otros no tan buenos, con la maleta siempre preparada para cualquier emergencia como así sucedió en algunas ocasiones.

Cierto día vimos que estaba con mucho sueño, con una respiración floja y no le bajaba la fiebre. Nos dirigimos en una ambulancia a Urgencias donde un médico negligente, al ver a una mujer de ochenta años que dicen que tiene Alzheimer y que apenas respiraba, no le dio importancia y nos dijo que el cerebro no recibía el suficiente oxígeno y nos la envió a casa a buen morir.

Pero gracias a su médico de cabecera y buen amigo mío, el Dr. D. Francisco Martínez Rojas, nos derivaron desde mi casa, en una ambulancia, al Morales Meseguer, donde fue atendida de un principio de neumonía. Gracias a él se le dio a mi madre cuatro años más de vida. Ya en el Morales Meseguer subió a planta desde Urgencias con los ojos abiertos como platos, sin apenas fiebre y con un tratamiento acorde a lo que presentaba. La doctora que la atendía, uno de los piropos que le propiciaba a mi madre era: «Que cara de buena persona que tiene esta mujer», y nos decía que se notaba que estaba muy bien cuidada. Las veces que pasábamos por el Hospital de Cieza en algún ingreso puntual, el Dr. Martínez Blázquez nos decía a mi hermana y a mí: «Cuando yo sea mayor querría tener a mi lado unos hijos como vosotros, lo estáis haciendo muy bien».

He oído decir que estos enfermos pierden el poder cognitivo, pero no el afectivo. Sabía muy bien mi madre quienes éramos. Cuando alguien nos visitaba, miraba a mi hermana a ver si la visita era de confianza o no. Nos pagábamos con besos, con una sonrisa y una mirada con esos ojos tan bonitos que tenía. Mi madre era guapa por dentro y por fuera. No por ser mi madre, pero era una excelente persona y la atendimos como se merecía, sin miedo, con ganas ante una enfermedad que poco a poco se la llevó.

Gracias también a nuestro vecino y farmacéutico Antonio González Marín, que se desvivía con nosotros regalándonos de todo lo que la Seguridad Social no respondía, y también a cuantas personas nos hicieron esos años más llevaderos. Todo lo que empieza acaba y el 11 de abril de 2.011, entre mis brazos y los de mi hermana, mi madre fue a reunirse con mi padre en el Cielo. Seguro que está velando por sus hijos, dándonos ánimos ante los retos de la vida que ahora son otros. Seguro que ella se fue muy orgullosa de sus hijos, y nosotros estamos muy orgullosos de haber tenido unos padres maravillosos, estupendos. Siempre me queda el recuerdo de mi madre, su sonrisa, sus besos. Era la manera con que nos pagaba todo nuestros desvelos. Ella se lo merecía. ¡Bendita sea la memoria de mis padres!

 

 

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