Elena Sánchez analiza las emociones

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¿Sufriremos por la devaluación de las emociones negativas?

Hemos asistido al “boom” de las emociones positivas. Saber que influyen favorablemente en la recuperación de enfermedades graves, así como que son un recurso importante a la hora de enfrentar situaciones de estrés, las ha convertido en  protagonistas de nuestro escenario emocional, en nuestras aliadas y hasta en tabla de salvación para los momentos de dificultad; albergando la esperanza de que su presencia —una dosis óptima de alegría, esperanza y entusiasmo— fuera garantía de éxito. A partir de ahí, las hemos convocado como a diosas protectoras.

Pero, ¿qué sucede con las “emociones negativas”? ¿Debemos considerarlas un estorbo en nuestro mundo emocional?

Revisemos brevemente algunos de los momentos en los que pueden aparecer las conocidas como “emociones negativas” y consideremos los posibles efectos —negativos y no tan negativos― a los que nos conducen.

Pensemos, en primer lugar, en la tristeza. Aparece cuando sufrimos una pérdida, ya se trate de la ausencia de una persona importante en nuestra vida, de un proyecto malogrado o de una ilusión que no llega a materializarse. La tristeza nos acompaña como una señal de nuestra aflicción y de la importancia que tenía aquello que nos falta.

Nos podemos saltar este estado —necesario y saludable― apoyándonos en la indiferencia, restándole importancia a ese amor, amistad o proyecto con el que ya no contamos. Esto puede ser efectivo: perder algo que carece de valor no nos hará sufrir demasiado. Tampoco despertará ―una vez pasado el tiempo de la impotencia y la tristeza― la gratitud, uno de los estados positivos más aclamados para el logro del bienestar y desarrollo personal. A favor de la gratitud podemos añadir que no solo contribuye al bienestar personal, sino también al bienestar de quienes reciben dichas muestras de afecto positivo.

Otra posibilidad para deshacernos de la aflicción es tomar un atajo rápido y positivo: focalizar nuestra atención en las nuevas oportunidades y olvidarnos, lo antes posible y sin perder mucho el tiempo en lamentos, de lo añorado, de lo que echamos en falta. Si conseguimos mantener con determinación, fe y esperanza que las nuevas oportunidades serán mejores que lo que hemos perdido, lograremos mantener a salvo nuestro estado de ánimo. Pero, ¿por cuánto tiempo? Puede que el atajo nos impida tomarnos el tiempo necesario para la oportuna reflexión y valoración de los errores cometidos. Sucede así, cuando nos sentimos afligidos por una pérdida, y durante un tiempo no dejamos de hacernos preguntas, qué es lo que hicimos bien y qué mal, revisamos el desarrollo de los acontecimientos, qué otra cosa habríamos podido hacer, qué circunstancias estaban fuera de nuestro alcance cambiar. Sacamos conclusiones ―a posteriori—, pero mejor tarde que nunca. Es probable, que sin este periodo de reflexión acabemos repitiendo los mismos errores en cada nueva oportunidad y veamos, cada vez más mermadas, nuestras reservas de fe, esperanza y determinación.

Veamos qué sucede con la culpa. Otro de esos estados molestos que nos causa  desasosiego. ¡Qué tranquilizador no contar con ella! Un exceso de culpa nos puede paralizar y mantenernos en un estado de duda sobre aquello que deseamos hacer, sobre todo si pensamos que puede acabar perjudicando o estropeando alguna de nuestras relaciones. ¿Qué nos aporta entonces? Su presencia puede ser una buena oportunidad para la deliberación atenta sobre nuestros deseos y la forma en que es lícito llevarlos a cabo, identificando las situaciones en las que podemos perjudicar o dañar a otras personas.

Si somos capaces de hacer esto es gracias a la empatía, una de las capacidades más demandadas cuando nos lanzamos a la búsqueda de los afectos positivos. Pero, ¿y si la culpa fuera un buen estímulo interno para mantener en forma nuestra empatía? ¿Seríamos capaces de desarrollar nuestra capacidad empática sin el acicate de la culpa? Puede parecer una pregunta descabellada, pero si consideramos que la posibilidad de infligir daño —en ocasiones extremo―, y en ausencia de todo remordimiento y culpa, la encontramos en las personalidades psicopáticas, en las que también encontramos una falta de empatía. ¿Sigue pareciendo una pregunta descabellada?

Observemos, antes de concluir, qué sucede con la ira, esa excitación imperiosa que nos incita a actuar rápido y de forma contundente. Si esto es así es porque  nos proporciona cantidades importantes de energía para que podamos movilizarnos y pasar a la acción sin demora. Tanta intensidad nos puede asustar, más todavía si pensamos en la posibilidad de perder el control de nuestras acciones y, si además, estos sentimientos los despiertan personas a las que nos unen otros afectos intensos como el amor.

¿Mejor entonces si nos deshacemos de ella? Antes de responder con un sí, consideremos que la ira, y los estados relacionados con ella como la rabia y el enfado, nos están avisando de posibles amenazas a nuestra integridad física, moral o psicológica. ¿Qué sucede si silenciamos estas emociones igual que lo hacemos, en ocasiones, con nuestro teléfono móvil? Hay quienes retiran su atención de estos estados, banalizan las situaciones que los desencadenan y justifican el comportamiento de aquellas personas que los provocan. Es posible que actuando así, y durante un tiempo, se logren evitar situaciones de tensión y estrés en el trabajo, la familia, la pareja…y sea fácil, además, aferrarse a ciertos estados positivos del ánimo y del pensamiento; pero omitir estos sentimientos también nos hace más vulnerables, al no ser capaces de identificar y reaccionar ante comportamientos abusivos hacia nuestra persona o  actitudes que dañan nuestra autoestima.

¿Debemos ignorar la información que sobre nosotros mismos, el entorno y nuestras relaciones, nos proporcionan los estados de ánimo y emociones negativas? ¿Es aconsejable dejarlas a un lado y lanzarnos a la búsqueda incansable de estímulos emocionalmente positivos? Podemos hacerlo así, y dejarnos arrastrar por un optimismo efervescente y chispeante, díscolo e indoloro, que nos permita alejarnos de la realidad cada vez que nos incomoda, guiados por una corriente emocional hueca que desconoce  que nuestras emociones son un medio de conocimiento sólo si están en concordancia con lo que acontece a nuestro alrededor y con lo que sucede en nuestro interior; sólo cuando son capaces de registrar, de dejarse impactar, por los estados múltiples de una realidad que, a veces, puede ser ingrata y otras, no tantas como nos gustaría, cercana a nuestros deseos.

 

 

 

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