La dignidad de las personas según María Bernal

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La dignidad está por encima del poder

¿Cuántas veces hemos presenciado la patética y penosa imagen de ver cómo una persona se arrastra y emite enunciados pedantes con el fin de agradar a ese sujeto que, por alguna circunstancia, ostenta un cargo superior, y esto da pie a conseguir favores? Sí, me refiero a lo que continuamente podemos apreciar en la sociedad: hacer la pelota.

Son muchos, y cada vez más continuos los episodios estúpidos que observamos en un lugar o leemos por redes sociales. Visualicen esa imagen: una clienta de un negocio, como si fuera a recibir parte de la mercancía de manera gratuita, diciéndole a la jefa lo guapa que va todos los días, lo graciosa que es, entre otras palabras. Y lo alarmante, al menos para mí, es que esa jefaza quiere escuchar esos piropos porque estos implican ganancia y otorgan aires de autoridad que tanto le gusta a la gente superficial del siglo XXI.

Y es que no soy partidaria de la proliferación de este grupo de personas que constantemente están “chupando el culo”, y perdón por la expresión, pero es que nunca me han gustado ni las que se arrastran, ni las que esperan a que alguien vaya tras ella continuamente. Estas últimas son prepotentes y se creen seres omnipotentes e imprescindibles, cuando en este mundo tan variopinto, das un pisotón en el suelo y salen mil personas como esa. Así que es esencial bajarse del pedestal imaginario que estas construyen en su mente.

Asistimos a una generación que representa el prototipo de persona que quiere alabar constantemente a todo el mundo, con el fin de ir ganando terreno en los pensamientos, conversaciones y casas de todo quisque. Ese protagonismo incansable y repugnante agota a todo ser que enfoca la vida desde una perspectiva coherente. Es decir, es tan sencillo como actuar con naturalidad, espontaneidad y sin caer en el error de “tocarles las palmas” a aquellos en los que ven la posibilidad de, como diría el anónimo autor del Lazarillo de Tormes, medrar.

¿Cuántas veces se han encontrado con esas personas que no “dan palo al agua” y, sin embargo, por obra y gracia, no del Espíritu Santo, pero sí de un maravilloso padrino, están situados en un buen puesto de trabajo? Muchas. Por desgracia, muchas. Y pienso que es por desgracia porque la mayoría de las veces, el padrino se equivoca y da aliento a alguien que es inepto, gandul e irresponsable.

Y, para colmo, los vemos por la calle y tenemos que aguantar el sufrido argumento de: “Yo he pasado por un proceso de oposición severo”. ¿Severo? No, perdona. Severo es echar diez horas diarias de estudio durante meses o años, renunciando para ello a nuestra vida social (mientras que otros, se tocan las narices, por no decir las pelotas); severo es perder catorce kilos en cuestión de meses, porque a veces no tienes tiempo ni para alimentarte bien, descuidando de esta manera la salud.

Ahora bien, más que emplear el término severo, yo emplearía para estas personas el de ilegal. Porque ilegal es que el hijo de fulanica (palabra coloquial empleada para designar a una persona) esté percibiendo un jornal que, por méritos propios, no le corresponde, sino que es el padrino de turno el que ha movido hilos, cuerdas y montañas para que ese ahijado, al que probablemente no le guste ese puesto de trabajo, esté ocupando el lugar de otro con vocación, pero sin oportunidad de acceder por la vía legal y lo que es peor, sin padrino.

Esta carrera de llegar a empujones a un lugar tampoco es que sea tan fácil: a cada momento, tienen que hacer un gran esfuerzo por tener contento al padrino de turno, a través de halagos (porque no quiero ser malpensada e imaginar otros favores). Y, mientras tanto, hay millones de personas que se sacrifican día tras día por intentar a llegar a una meta que parece infinita.

Escribo estas líneas debido a que detesto las injusticias, y el que es nombrado a dedo o ha pasado de trabajar del sector privado al público, por un mero trámite burocrático, no tiene mérito alguno.

Esta manera de actuar, queriendo tener contentos a todos, revela el tipo de personalidad que tenemos, si es que algunos la tienen. En mi opinión, debemos ser personas fuertes y seguras, y lo que es esencial: no dejarnos influenciar jamás por nadie, por mucho poder que pueda tener. Porque por encima del poder está la dignidad.

No tenemos que ser de halago fácil, porque a fin de cuentas, al final siempre triunfan los que se sumergen en el mundo de la dedicación, del esfuerzo y del verdadero trabajo, sin estar pendiente del tiempo que se tiene que emplear para agradar a los demás. ¡Qué se agraden ellos solos!

A veces, la vida nos va a ir poniendo pruebas bastante complicadas, pero el ser humano ha de ser astuto y saber reaccionar con respeto y con mesura. Independientemente de las circunstancias, del karma o de otras creencias, está en nuestra esencia y nuestra actitud, y de ellas es de las que debemos presumir; a fin de cuentas no hay mejor publicidad que la que se desprende de nuestra moral.

 

 

 

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