La ‘marca Cieza’, por María Parra

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Marca Cieza

Amigo viajero,

estoy esperándote. Ven, sube hasta mi cima y aquí compartiremos historias, leyendas y sueños. Asciende hasta mi cumbre por mis senderos abruptos, por mis sendas escarpadas entre pinares, por mis paredes rectilíneas, por mis relieves ya atormentados por el paso de los años, porque cuando me corones, vivirás la experiencia inolvidable que suscita mi amado pueblo, Cieza.

No te inquietes, pues me tendrás por tu fiel compañera a mí, la Atalaya, vigilante eterna de los sueños ciezanos, vigía perpetua de sus ilusiones e inquietudes, por las que vela nuestra patrona, la Virgen del Buen Suceso.

Una vez llegues a este collado, y tras recuperar el aliento, podrás divisar desde mi mirador, junto a la Cruz de Cristo, la vista inigualable que ofrece su vega, mientras te acaricia el aire impregnado del aroma de los frutales en flor, que pronto serán cosecha “Marca Cieza”.

O, acaso, ¿puede alguien resistirse a recrear sus ojos en este jardín de colores, que se puede contemplar en estas fechas desde lo alto de mi cima? Cuando te asomes, verás que alrededor del curso del río se encuentra la huerta que, a modo de un tapiz elaborado con mucho mimo, despliega su raigambre combinando pinceladas de blancos, rosas, fucsias, rojos, violetas y tantos otros para recibir con gran júbilo a la primavera. Este mes los árboles se engalanan cada día de distinta manera deseando que las nubes y el sol miren con orgullo su floración. Si te animas a venir, amigo viajero, disfrutarás de este bello espectáculo recorriendo los senderos de estos parajes conquistadores de corazones.

Pero no te preocupes, que, si no te es posible ahora, más adelante celebraremos la Semana Santa, de cuyos desfiles procesionales de extraordinaria belleza y calidad imaginera dan cuenta los ciezanos con su enorme devoción. No puedes faltar a ninguno, en especial no te puedes perder el de la Procesión del Silencio, con el que tu corazón se conmoverá al sentir la tristeza y solemnidad de las saetas que acompañan esa noche a Cristo Crucificado mientras todos guardamos un respetuoso silencio.

O quizás te sea posible venir más adelante y disfrutar de las Fiestas del Escudo cargadas de leyendas y de hechos históricos. Recuerda que nuestros antepasados fueron invadidos por los musulmanes allá por el s. XV y que esto hizo que se asentaran en la ladera meridional de mi cerro para fundar el célebre poblado de Medina Siyasa. Aquellos forasteros, ante la posible amenaza cristiana, custodiaron a su pueblo construyendo estratégicamente un Castillo encaramado en la zona más alta, escabrosa y abrupta, asegurando así la defensa y resguardo de los andalusíes tras su muralla. Cuando vengas, amigo viajero, podrás visitar los vestigios de esta fortaleza con detenimiento, es digna de admiración. Para entonces, me tendrás como mejor testigo, y te hablaré de aquellos tiempos en los que las voces moriscas reinaban es estas cimas recorriendo mis caminos mientras construían casas de gran belleza arquitectónica y creaban aljibes para abastecerse.

Querido amigo, te acogeremos como a uno más el 3 de mayo, el Día de la Cruz, que también es muy especial para mi pueblo, puesto que, como marca una tradición antiquísima, los ciezanos procesionan portando a hombros al Santísimo Cristo del Consuelo desde la Basílica Nuestra Señora de la Asunción hasta su Ermita en el Cabezo de la Horca.  Durante el recorrido verás cómo miles de ellos entonan al unísono el himno “Desde la cumbre airosa, en que la Ermita se alza…” y realizan sus rezos, porque como se suele decir aquí “el que ante el Santo Cristo pasa y un Padre Nuestro no reza, o es que no sabe rezar, o si sabe, es que no es de Cieza”. Pero, un poco antes de partir hacia la Ermita, subirás a la torre de la Basílica, cuyos retorcidos, estrechos y numerosos peldaños de piedra te llevarán hasta el campanario y desde allí, zarandeado por el viento, podrás divisar otros campanarios, aunque no tan altos, como el del Convento de San Joaquín, cuya mayor peculiaridad es un bello claustro en el que hay un antiguo pozo del que los franciscanos sacaban agua cuatro siglos atrás y que ahora sirve de evasión monumental para los amantes de sueños impresos en papel.

Si nos adentráramos ya en el verano cuando vinieras, después de visitarme, te recomendaré que saborees nuestros melocotones bañados en vino, para que se te vaya así el sofoco mientras disfrutas del sabor de nuestra huerta. Además, te invitaré a que asistas al Festival de Folclore, en el que el Grupo de Coros y Danzas de Cieza siempre hace de anfitrión aderezados con esos trajes regionales que ellos mueven tan maravillosamente al son de una jota sobre esas alpargatas hechas con el esparto que un día fue nuestro sustento.

O simplemente, amigo viajero, te estaré esperando paciente a que llegues hasta aquí y te sientes plácidamente a recuperar el pulso tras la caminata que te ha dejado sin resuello. No te diré nada, porque sé que tus ojos cerrados tras el esfuerzo no podrán vencer el tiempo y pronto se abrirán para disfrutar en silencio y soledad de la bella panorámica que te rodea y que te ha cautivado. Desearás por un momento ser un águila para volar desde lo alto atravesando el cañón de Almadenes hasta las cumbres agrestes del Almorchón, cuya silueta altiva y majestuosa es el resultado de sus curvas serpenteadas y vestidas con bellos pinos carrascos. O quizás, te atraerá poderosamente la sierra de Ascoy, flanqueada por los molinos que Don Quijote creyó gigantes.

Sea como fuere, amigo viajero, ten presente que el encanto de Cieza no está solo en su naturaleza, sino también en su gente, puesto que ha sido y es cuna de aquellos agricultores, médicos, pintores, deportistas, escritores, músicos, profesores, políticos, actores, etc. que han enarbolado nuestra bandera como “Marca Cieza” allá donde hayan ido y eso, querido amigo, hace que un pueblo saboree siempre sus raíces con orgullo.

Avísame cuando llegues… y saldré a tu encuentro.

 

 

 

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