Los desamores vitales, por José Antonio Vergara Parra

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Desamores

Llámenlo orgullo, que en dosis adecuadas no es tan nocivo pero nunca he llevado bien el desamor o el amor no correspondido. Como prefieran.

Tampoco hallo paz donde impera el derecho de admisión. Como Groucho, nunca pertenecería a un club que me admitiese como socio. Aborrezco el enfermizo afán por marcar distancias y alturas. Poco importan las razones pues no dejan de ser variadas formas de estupidez.

Hay clubes, congregaciones, asociaciones o movimientos sociales con nobles pretensiones y con sus puertas abiertas de par en par. Nada tengo contra ellas; al contrario. El problema aparece cuando, expedita o subrepticiamente, no todos son bienvenidos; entrando en juego la pigmentación de la piel, el espesor de la cartera, el credo, el erre hache, la sangre azulada, la afinidad política u otras características que solo los majaderos son capaces de apreciar.

Me interesa el individuo en cuanto tal; desnudo de artificios y etiquetas. Detesto la uniformidad y adoro la diversidad. Maldigo la pureza y estimo la miscelánea. Deploro la arrogancia y valoro la humildad.

En efecto. Debo ser un sureño impuro, apasionado del mar y devoto de la palabra. De espíritu indómito y razón inquieta. Me estremece la pintura y la escultura y la música que son lenguajes universales que a nadie extrañan y a todos conmueven. Y en expresión del gran Manuel Alcántara, soy un escritor fatigable pues tanta necedad mina mi espíritu.

Si me pierdo no husmeen por Euskal Herría ni en Països Catalans. Métanse la doncellez étnica y los continuos desaires por donde les quepa. No todos son iguales; lo sé bien pero también sé que la bondad inmóvil alimenta la maldad. Mi tatarabuelo vino de Vascongadas a tierras muleñas y nunca sabré porqué lo hizo pero me alegra que lo hiciese, porque así pudo contaminarse con mestizos. ¿Quieren referéndum? Mejor hoy que mañana. Perdonen mis modales pero, al igual que el pobre mandaba en su hambre, en mi impureza mando yo. Porque eso de vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero estuvo bien para la Santa mas no para nuestra maltrecha paciencia, que ni es santa ni eterna. Diríase que el flamenco nació allí arriba porque el quejío y el lamento es del bueno, del hondo y sentío.

Váyanse, si así lo desean pero, por lo que más quieran, cambien de monserga y a otros con sus males y sus cuentos. Igual nos bajará el PIB pero nos subirá la autoestima.

Tampoco me busquen en clubes de golf, de oficiales, o de hípica, o de campo, ni en el resto de círculos circulares concéntricos donde el pedigrí o la tontuna rigen las vidas y emociones de los escogidos. Gente buena habrá por estos lares; es seguro, mas no soportaría ser uno de los electos. Mil veces antes entre gente que vive y no compite.

Búsquenme, si quieren, entre la arena fina y alba, donde las olas espumadas y la brisa sazonada acarician el rostro y limpian la mirada. Quién sabe. Volveré por Cádiz o por Santa María donde Alberti escribió esto:

¿Por qué me trajiste, padre,

a la ciudad?

¿Por qué me desenterraste del mar?

O a cualquier lugar donde, como Borges, hayan aprendido la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma.

 

 

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