Los deseos a través de la mirada de Pepe Belló

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DESEOS

¿En qué deseamos convertirnos? ¿Qué queremos desear?

¡Qué inocentes las personas que daban por muertos los grandes relatos! El postmodernismo aventura una nueva comprensión del mundo que se está haciendo paso, pero la mayoría de la gente todavía quiere ser moderna. Incluso no ir a la moda es, hoy en día, quizás, la moda más rompedora de los últimos tiempos. Aun así, siempre nos da por adoptar nuestra realidad y nuestros pensamientos a la sociedad, para que encaje el sentido que le hemos dado a nuestra vida en ello. Nuestra nacionalidad, nuestra religión, sentirnos realizados a nivel individual tiene mucho que ver con el papel que la sociedad nos ha hecho adoptar dentro de ella.

El postmodernismo aniquilaba a la vez la idea de que la historia era cíclica. Solo hay que echar una mirada atrás para darte cuenta de que así es. Pero ciertos patrones sí que perduran y nos hacen poder analizar qué nos está sucediendo o hacia donde se dirigen nuestros pasos como civilización. Desear parece sencillo, pero si te dan un folio en blanco y todo lo que escribas en él será la sociedad del futuro, ¿en qué desearías que se convirtiese el planeta? O algo más complejo, ¿qué queremos desear realmente?

Los principales relatos que el postmodernismo quiso abandonar, como el liberalismo, el socialismo, el fascismo, o el cristianismo de nuevo cuño, parecen todavía muy presentes en los medios de comunicación y en nuestras conversaciones diarias. El sentido de pertenencia sigue siendo necesario y real. La victoria del sistema en el crees se convierte en una victoria propia, aunque tu vida sea una mierda. El problema es que es más fácil aglutinar a la derecha porque basan sus creencias en situaciones menos tangibles, en ideas abstractas inventadas por la sociedad para fundamentar su vida, y esos relatos obtienen entonces una mayor cooperación: nacionalismo, religión, neoliberalismo económico. La izquierda no tiene ningún relato unificador tan potente. ¿Los derechos humanos? Bueno, también son una idea abstracta, pero permite un debate mucho más amplio, una mayor búsqueda de consenso y unos parámetros para avanzar hacia el objetivo común.

A través de estos discursos, las personas se construyen una personalidad que les hace encajar, sentirse importantes y realizados, y, por tanto, sentir que su vida tiene sentido. Es demasiado triste pensar que hay personas a las que les quitas estas etiquetas y se pierden, no pueden ser sujetos ajenos a estos grandes relatos, no sabe quiénes son porque nunca se han pensado fuera de estos márgenes. No estoy a favor de ponernos etiquetas o de adjetivizar cualquier cosa que hagamos o sintamos, pero es que realmente, es muy simple, sencillo y humilde sentirte quién eres.

Ante la ansiedad que me rebosa viendo la Violencia, el Odio y la Xenofobia tan palpables en ciertos mítines, comparto este análisis del libro “La inmortalidad” de Milan Kundera, a ver si poco a poco somos algo capaces de repensarnos como seres humanos, en qué queremos convertir nuestra sociedad, y en qué queremos realmente desear:

“No me digan que dos personas que están en profundo desacuerdo pueden sin embargo quererse; esos son cuentos para niños. Podrían quererse si no expresasen sus opiniones o si hablasen de ellas solo en tono de broma y atenuasen así su significado. Pero en cuanto estalla el conflicto, ya es tarde. No se trata de que crean con tanta firmeza en sus opiniones que defienden, sino de que no soportan no tener razón. Fíjense en estos dos. Su discusión no va a cambiar nada, no conducirá a decisión alguna, no influirá en la marcha de las cosas, es completamente estéril, inútil, destinada únicamente a este bar y su aire viciado, junto con el cual abandonará el local en cuanto las señoras de la limpieza abran las ventanas. ¡Y sin embargo fíjense en lo atento que está el público que rodea las mesas! Todos guardan silencio y los escuchan, se han olvidado hasta de tomarse el café. Lo único que ahora les importa a ambos contendientes es cuál de ellos será reconocido por esta pequeña opinión pública como poseedor de la verdad, porque ser reconocido como aquel que no posee la verdad significa para cada uno de ellos lo mismo que perder el honor. O perder una parcela del propio yo. En sí, la opinión que sostienen no les importa tanto. Pero como convirtieron una vez esa opinión en atributo de su yo, cualquiera que lo toque será como si clavara algo en su cuerpo”.

 

 

 

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