Relato navideño de Elena Sánchez

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   Fotografía de Nuria Hernández

Los ángeles de Dios

“Rafael, quería que mi nombre fuera Rafael. Papá engordaba mi frágil y todavía débil existencia con historias sobre mi futuro. Le gustaba hacer planes, especular sobre mis aficiones, mis gustos, sobre los lugares que visitaríamos juntos. En secreto, albergaba la esperanza de que fuera misericordioso como la mujer que me traería al mundo. ¡Rafael, se llamará Rafael! Lo repetía sin cesar. Yo no era más que un soplo de vida incorpóreo, sin sustancia, pero papá me quería de carne y hueso. Quería acariciar el cuerpo blando y sonrosado de Rafael, sostenerlo en sus brazos, elevarlo por encima de su cabeza como si fuese un trofeo. Mamá apenas decía nada, aparentaba indiferencia, cierto desdén incluso, como si finalmente nada de lo que ocurriera tuviera que ver con ella. Me pregunto si en algún momento, entre el anuncio de papá y el final de mis días, deseó que yo naciera. Escuchaba a papa con un leve desconcierto disimulado y esperaba, mama se limitaba a esperar. El día que supo que todo había acabado suspiró aliviada.”

Ha dejado de escuchar la voz. No le sorprende, sucede a menudo. Una voz llega sin previo aviso, empieza a contarte una historia y se extingue, sin más. Pocas veces logran mantener la frecuencia de transmisión adecuada. En la pantalla de los monitores se puede observar la señal. Todavía permanece activa. ¿Por qué no averiguar de qué se trata? La anciana introduce los parámetros en el ordenador. La pantalla no tardara en llenarse de pequeñas luces parpadeantes, minúsculos puntos de luz que varían en número e intensidad conforme se desplaza a través de la imagen. ¡Era de esperar! Sería necesaria una eternidad solo para identificar los archivos que provienen de fuentes cercanas a la voz. En realidad, todas las voces se asemejan. Todas hablan de lo mismo, o de cosas muy parecidas.

Con el tiempo la anciana ha aprendido a observar; pasados los primeros minutos hay luces que pierden intensidad. Esos archivos no son relevantes, se alejan de la frecuencia en que la voz fue emitida por primera vez. Otros comienzan a desprender destellos en tonalidades similares. ¡Esos sí!, son importantes. ¡Probemos con este! La anciana hace click en uno de los archivos.

En la pantalla que cuelga de la pared aparece la imagen de una mujer joven. Se acomoda en el sofá. Mantiene las piernas cruzadas con cierta coquetería mientras consulta su teléfono móvil; cada cierto tiempo levanta la mirada y la dirige hacia el frente. Una de las veces que desvía la mirada de su teléfono, sonríe. Un hombre entra en la habitación, sostiene una bandeja con tazas de té que deposita sobre la mesa que hay frente al sofá. Toma asiento a su lado, charlan animadamente, el hombre retira un mechón de pelo que cae sobre la mejilla de la mujer, sujeta sus manos, las entrelaza con las suyas al tiempo que la mira con intensidad, y sonríe. La mujer piensa que en ese momento va a pasar algo importante, una declaración de amor, de intenciones. En su interior se prepara para acoger la buena noticia. El hombre señala hacia su derecha, le pide a la mujer que mire hacia allí. La mujer observa los retratos de sus dos hijos, Gabriel y Miguel. Ha cruzado  miradas con ellos cientos de veces.

El hombre habla de cuando él era niño y estudiaba en un internado religioso y todavía creía en Dios; habla de las historias de los arcángeles y de las santas misiones, de sus deseos infantiles de ser elegido para llevar a cabo una misión divina. La mujer no puede contener la risa por mucho tiempo.

—Miguel y Gabriel, ¿te das cuenta? ―le pregunta dirigiéndose nuevamente a las fotografías de sus hijos.

—¿Los nombres de los arcángeles?

—¡Eso es! ―exclama el hombre—. Pero falta alguien más. Los arcángeles son tres.

―Rafael —dice la mujer―, falta Rafael. El arcángel que protege frente a las enfermedades, ¡igual que tú!

—Sí, falta Rafael ―confirma el hombre—. Ahora dime, si es un niño, ¿dejarás que mi tercer hijo se llame Rafael?

La mujer comienza a desprenderse con suavidad de los dedos del hombre que retienen sus manos.

Antes de que la pantalla se apague, prueba con otro archivo. ¡Gracias a Dios! Un archivo cercano en el tiempo. La anciana observa a la pareja en la ducha dos días antes.

El hombre le pide a la mujer que incline la cabeza hacia atrás, deja correr el agua sobre el pelo enjabonado deslizando sus dedos entre los mechones de pelo mojados. La mujer termina de envolver su cabello con una toalla que el hombre le acerca.

―Tienes un retraso, ¿verdad? —pregunta el hombre.

―Sí, es normal —responde la mujer sin darle mayor importancia―. El estrés del trabajo, supongo.

—¿Y si estuvieras embarazada?

La mujer sorprendida no deja de reír mientras desliza la toalla por  la espalda del hombre.

―Pero tú no puedes dejar embarazada a una mujer.

—¿Cómo lo sabes? ―le pregunta—. ¿Has comprobado si existen cicatrices? ―En ese momento, el hombre se gira mostrando su cuerpo desnudo—. ¿Por qué no lo compruebas ahora?

La mujer se detiene a mirar los testículos del hombre.

―No, no lo voy a comprobar —responde con determinación.

—Conozco muy bien los primeros signos de un embarazo ―continúa diciendo el hombre—, y la alegría que supone la llegada de un hijo aunque sea inesperada. Te gustará tenerlo entre tus brazos, amamantarlo, calmar su llanto, verlo sonreír.

La mujer termina de vestirse azorada. Una vez más, no sabe porque tratan de hacerla sentir insegura y vulnerable. El hombre, todavía desnudo, le regala un beso en la mejilla, al tiempo que le informa de que si es niño se unirá a la afición del Real Madrid como su padre y sus hermanos.

Se abren nuevos archivos. Hay tantas escenas cotidianas…

…la llegada a casa después del trabajo, colocar la compra, un beso antes de bajarse del coche, una conversación en el ascensor, la mujer dispuesta a entrar en la ducha…¡Un momento!, se detiene. Regresa a la habitación donde se ha quitado la ropa y escribe un mensaje de texto desde el móvil. La anciana amplia la imagen. Puede leerlo sin dificultad: “Rafael ya no existe. Te lo dije, no era más que un espejismo.” Una gota de sangre resbala entre los muslos desnudos de la mujer dejando un surco rojo sobre la piel que el agua a presión hace desaparecer.

La luz cada vez es más tenue; exceptuando algún leve resplandor no encuentra nada que precise su atención. Una vez más lo ha vuelto a comprobar: algunas voces son ecos de deseos antiguos que no llegan nunca a materializarse, pero que tampoco consiguen apagarse. Acaban convertidas en voces errantes, sin dueño ni objeto. Cuando llegan a sus oídos ya es demasiado tarde. La anciana se dispone a retirarse, pero algo capta su atención: son nuevos destellos de luz. ¿Y si averigua de dónde vienen? Confía en que esta vez no le llevará mucho tiempo. Hace avanzar la imagen en la pantalla de su ordenador a través de un eje temporal. La cartografía estelar por la que navega se ilumina de nuevo a ráfagas como si la luz respondiera a un impulso ajeno a las leyes de la física. ¡Es aquí! La luz permanece fija, ha dejado de moverse. Al acercar el ratón se ilumina con más fuerza. ¡Es el archivo que andaba buscando!

―¡Ha pasado tanto tiempo! —exclama la mujer. No puede disimular la sorpresa al distinguir el rostro del hombre entre el bullicio de gentes.

El hombre sonríe en la distancia, sin pronunciar palabra, sin gestos ni aspavientos. No ha cambiado nada. Sigue creyendo que con eso es suficiente. Cuando la mujer reconoce al joven que está a su lado se inquieta, nerviosa mira a su alrededor.

―¡Rafael, Rafael! —grita dirigiéndose al grupo de niños que se agolpan en torno al belén. Un niño corre hasta llegar a su lado. ―No quiero que te alejes. Hay demasiada gente.

—Quiero ir a ver los camellos ―protesta el niño.

―No cariño, los camellos vienen después.

El hombre se acerca. A pesar de los villancicos, ha podido escuchar la conversación. La mujer esquiva su mirada, segura de que ahora sonríe con mayor satisfacción.

—¿Quién es este niño? ―pregunta el hombre poniéndose en cuclillas hasta quedar a su altura.

—Soy Rafael ―responde el niño intentando aparentar seguridad. Algunos desconocidos todavía le intimidan.

—¿Pudiste ver a los ángeles? ―le pregunta el hombre señalando hacia el belén viviente que ocupa el centro de la plaza. Rafael mira con curiosidad, pero no está interesado en los ángeles.

—Quiero ver a los camellos —vuelve a insistir.

―Este es mi hijo Gabriel —continúa diciendo―, ¿sabes que Gabriel y Rafael son ángeles? Los ángeles más queridos de Dios, y juntos logran grandes hazañas porque Dios siempre los cuida, y está atento para que sus deseos se hagan realidad. La mujer no puede contener la risa:

—Eres ateo, ¿cómo le cuentas esas historias a mi hijo?

La anciana aparta un mechón de pelo blanco que cae sobre su rostro, y fija sus pequeños ojos color avellana en el rostro de Rafael. ¿Qué historias le cuenta una madre a un hijo, por ejemplo, sobre la elección de un nombre? ¿Qué historias puede llegar a contar una mujer a otra mujer que es su confidente? ¿En qué memoria quedan registradas? ¿Qué saben los hijos sobre los deseos de una madre o de un padre? ¿Sobre el deseo que les lleva a concebir un hijo?

―Mamá, ¿quién es ese hombre? —pregunta Rafael cuando se alejan por los pasillos de unos grandes almacenes.

―Es…es  —la mujer gira la cabeza como si todavía esperara encontrarlo entre quienes apuran hasta el último momento en las compras navideñas―…un conocido, alguien que conocí hace mucho tiempo. La mujer observa el gesto de su hijo. Cree adivinar lo que va a preguntar:

―Sí, lo conocí antes de que tú nacieras —se adelanta a responder.

Desconocen tantas cosas. La anciana los observa a diario. Están hechos de verdades a medias, de mitos con los que disfrazan sus deseos, de historias que nunca les han contado y que creen conocer. Sucede a veces que los mitos se quiebran y surgen  verdades nuevas que hasta ese momento estaban dormidas, a la espera de ser escuchadas. Sin duda son seres frágiles, inconsistente como el barro, pero en aquel tiempo cuando todo empezaba, también ella desconocía las posibilidades de la creación.

 

 

 

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