‘Riesgos y desafíos’, un relato de Elena Sánchez

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RIESGOS Y DESAFIOS

Elena Sánchez

Todos los veranos muere alguien en esta playa, le había dicho su suegra la primera vez que veraneaba con la familia de su marido. Habían llegado antes del medio día, sin tiempo para bajar a la playa. Esperaron hasta después de la siesta. El mar estaba en calma. Había decidido nadar, nadar sin descanso hasta que el cuerpo le pidiera volver. El agua cada vez estaba más fría, señal de que la profundidad crecía bajo su cuerpo. Le pareció escuchar a lo lejos la voz de Alberto y no le extrañó. Le ocurría a veces que sentía su presencia cerca a pesar de la distancia. Cuando creyó que gritaban su nombre se alarmó. Al girarse vio a Alberto nadando tras ella; trataba de alcanzarla. Le hacía señales con el brazo indicándole que debía regresar a la orilla.

Todos los veranos muere alguien ahogado en esta playa, su suegra la esperaba en la arena con la advertencia. Que hubiera tratado de explicarle que era buena nadadora no había servido para tranquilizarla. Te confías demasiado, le decía desde entonces todos los veranos.

En algún momento, ella también tendría que empezar a advertir a su hija de los peligros del mar. Cada vez se mostraba más confiada en sus juegos. Hasta hace poco había permanecido a su lado, sujetándose a su cuerpo cuando las olas llegaban; le gustaba dejarse balancear por el mar si contaba con las manos de un adulto que le permitieran mantener su cuerpo a flote. Empezaba a alejarse, no mucho, lo suficiente para llegar a tiempo a sus brazos, entre gritos de júbilo y temor, cuando sentía que el agua podía arrastrarla.

Debía haberse dado cuenta de que hoy sería distinto. Zaira se había detenido sobre la arena mojada. Los gritos y las risas, con los que había festejado los saltos y las zambullidas en el agua, habían dado paso a una quietud poco habitual en ella. Miraba el mar con atención desde un silencio casi reverencial. Era la hora de marcharse. Esperaba, como otras tardes, que Zaira echara a correr delante de ella por la arena.

En lugar de eso, veía a Zaira correr nuevamente hacia las olas. ¿Se trataba aquello de un desafío? Si lo era, llegaba al punto justo de ser rescatada cuando las olas amenazaban con engullirla. No tenía inconveniente en correr hacia sus brazos y, después, segura de sí misma, entre risas y gritos, deshacerse de ellos con desdén, con un entusiasmo triunfante. Observar la carrera frenética de Zaira frente al mar, su arrebato y su ánimo exaltado, le hacía pensar en la libertad. No en esa idea de libertad que se utiliza a menudo para reivindicar la expresión de cualquier deseo, la libre voluntad sin restricciones y sin límites, como si tal cosa fuera posible. Piensa, más bien, en una posibilidad: la de explorar los límites, los propios y los del mundo que la rodea, explorar hasta dónde es capaz de llegar con sus temores y con sus deseos. Esa es la libertad en la que está pensando mientras ve a su hija correr hacia el mar.

Le es fácil recordar algunos veranos de su infancia, en el pueblo donde había crecido su abuela, y los disgustos de su madre cada vez que venía magullada y con las rodillas arañadas. Le gustaba salir a correr por las calles empedradas, montar en bicicleta y subir y bajar por barrancos escarpados. Regresaba a casa despeinada, con la ropa cubierta de polvo y alguna herida. ¡No te vas a estar quieta!, le repetían cada día. Una tarde su abuela sacó un viejo bastidor de bordado de un armario y se lo entregó. Sentada junto a su abuela, en la puerta de casa, recibía instrucciones sobre cómo bordar su nombre en el retal de tela tirante que habían colocado entre los dos aros de madera. Al final de la calle, veía a los chicos pasar en bicicleta.

¿Quién le ofrecía pistas sobre los riesgos a los que se podía enfrentar? Contaba con todo un universo repleto de heroínas de la belleza y del amor. Era un riesgo no luchar por ser bella. Por eso su madre se irritaba cuando su aspecto rozaba el desaliñado. La gloria final de todas las heroínas de las historias de Disney, de las telenovelas, de las películas americanas de acción, de suspense, de las comedias…pasaba siempre por conseguir o conservar el amor de un príncipe, héroe o cualquier otro hombre valorado por alguna de sus hazañas. Y ellas, ¿qué riesgos corrían? ¿Qué desafíos lanzaban al mundo?

Es curioso que, en los comienzos de la era digital, no supiéramos que el primer programa de computación lo había diseñado Ada Lovelace y que el primer sistema de conmutación de frecuencias, precursor de la tecnología wifi, fue un invento de Hedy Lamarr. Más allá de la conquista de la belleza y el amor, las mujeres lanzaban desafíos al mundo y, es curioso, apenas nos enterábamos. Veíamos películas, conocíamos los nombres de los directores, sabíamos quién era el fundador y creador de Disney, pero no sabíamos que la primera película en la historia del cine fue obra de Alice Guy.

Y su hija, ¿qué riesgos estaría dispuesta a correr? Por el momento, el de no alcanzar sus manos a tiempo. Esta vez las olas la arrastran con fuerza hasta que consigue sacarla del agua. Entre toses, llantos y suspiros Zaira se sujeta con fuerza a su cuello. Es lo que tienen los riesgos, piensa mientras trata de calmarla.

Teme que su suegra haya estado observando la escena. Debería tener más cuidado con la niña, le estará diciendo a las mujeres con las que se acerca a la playa a tomar el sol. Más cuidado, siempre había escuchado esa expresión y no solo de boca de su suegra, también de su madre, de su abuela, de su padre…más cuidado, siempre más cuidado. ¿Será por eso que algunos estudios dicen que las mujeres están menos predispuestas a correr riesgos? Piensa en lo que puede decirle a su hija. Riesgos, confianza y libertad empiezan a parecerle una operación compleja. ¿Aprenderás a nadar?, le pregunta finalmente. Si este invierno vas a clases de natación el próximo verano, cuando volvamos, podrás nadar. Zaira contiene la respiración; en silencio observa el mar embravecido.

 

 

 

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